El coleccionista de abrazos solares
Había una vez, un pequeño niño de mirada perdida, y que con brillantes ojos, por toda la casa exploraba. Sus padres lo amaban mucho, y por ese gran amor, querían darle todo lo mejor, y apostando por su trabajo, mucho tiempo solo lo dejaron.
El niño creció con esbozos de cariño, ninguna culpa de los padres y la firme decisión de hacer de él un hombre de bien. Así, el niño conoció de soledad, atemorizado del mundo, sin saber qué había al cruzar la puerta, sintiéndose diferente por las miradas de los niños del colegio, sin entender por qué se sentía así de sólo. Culpable de todo. Merecedor de nada. Apagando sus sueños.
Se pasaba horas mirando al vacío de su habitación, contemplando la nada, escuchando el silencio, sintiendo el frío del piso sobre el cual su cuerpo desnudo desmenuzaba los misterios del universo que le tocó vivir, entre sombras, con frío.
Los años pasaron y el niño se hacía hombre, y aunque tenía mucha gente a su lado, la soledad habitaba en su corazón. Sin ilusión, sobreviviendo, cada respiración era un aliento para impulsarse a pasos guiados por la gravedad. “Nadie sabe lo que siento”. Se repetía. Mirando los atardeceres y amaneceres se consolaba con esbozos de amor que sentía del astro rey.
Una noche, ya joven, sin ninguna razón aparente decidió entrar a un misterioso túnel donde decían que muchas cosas podían suceder. Desde afuera, el túnel se veía inofensivo, como cualquier otro, con una densa oscuridad, pero, a ciencia cierta, él ya sabía de lo que era estar en oscuridad, no había nada nuevo.
Dio sus primeros pasos ingresando a la neblina oscura del túnel y, a comparación de lo que conocía, no sintió frío, roce, miedo, no sintió algo más que el silencio. De pronto, avanzando sintió el piso moverse, como si fuese una serpiente y que el camino ya no estaba ahí, se quedó parado recordando que era un túnel y nada más, pero mientras buscaba la luz de salida, alcanzó a ver muchas luciérnagas que brillaban como estrellas, muchas, miles, brillantes, constantes; el muchacho poco caso hizo y siguió caminando.
Un temblor ocurrió entonces, la tierra se resquebrajó, vio abrirse el suelo dejando salir desde el centro de la tierra lava y fuego. Entonces, sólo entonces, empezó a sentir miedo. Mirando la lava durante mucho tiempo, se preguntaba qué sentiría si caía, se imaginaba caer con los ojos cerrados, como dormido ignorando toda posibilidad de dolor. “Estoy muerto” se dijo. Y esas dos palabras resonaron como eco en su mente, sus ojos se abrían al darse cuenta que no necesitaba caer y desaparecer cuando ya estando vivo, no habitaba su cuerpo con vida.
Otro temblor, lo hizo correr desesperadamente, rocas caían hacia la lava, el esquivaba todas las rocas, corría con el corazón latiendo fuerte por su vida, por salvar eso que estaba moviéndose, eso que no sabía si valía el esfuerzo salvar o no, si valía el esfuerzo darle la oportunidad de vivir. Dubitativo, sintiendo el miedo caminaba ya cuando la tierra había dejado de moverse. Cabizbajo, triste, sin saber qué sentía, qué pasaba, qué estaba pasando dentro de él. Sentía frío otra vez y le recordaba a su soledad.
De pronto, una luz divisó al fondo, y se preguntaba si era esa la salida al túnel, o si, quizás, volvería al inicio de donde partió y su viaje había sido en vano. Sin importarle mucho corrió hacia la luz. Mientras lo hacía el frío era diferente, se tomaba de los brazos y el frío era tolerable, su rostro se iluminaba poco a poco, no divisaba aún qué era, pero mientras más cerca estaba a ella, un susurro tenue se tornaba más claro en su oído, y repetía lo mismo lentamente una y otra vez, hasta que no pudo dar más pasos cuando el susurro se tornó una firme voz que repetía:
“Yo confié en ti desde la primera vez que te vi a los ojos”.
Sintió su cuerpo desvanecerse, las lágrimas caían por sus mejillas, el aire era tibio pero le costaba respirar. Los halos de luz tomaron forma corpórea, los dedos del muchacho se entrelazaron con halos de luz, como si otros dedos encajaran perfecto con los suyos. Un abrazo del más cálido envolvió todo su cuerpo y éste, sin más que lágrimas en los ojos, en ese momento, se sintió por primera vez amado, acompañado, con vida.
Todo se hizo luz, blanca, cálida, infinita.
Un túnel. Oscuridad. Luz. Frío. Calor. Vida.
El joven tiene ojos marrones, con una profundidad que aún no sabe comprender, con una luz que quizás tampoco sabe aún comprender del todo. Sus ojos brillantes se abrieron a la mañana siguiente, observando desde su habitación la inmensidad del cielo, lo fresco del amanecer, sintiendo el frío más sereno que podía experimentar, sonrió para sí, y se levantó, a buscar más sensaciones, amaneceres, atardeceres, a sentir ese cálido abrazo de luz cuantas veces más podía, y para cuando se termina el día levanta el brazo para sentir ese último rayito del sol, y luego, disfrutar del frío viento que le recuerda que ESTÁ VIVO.
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