Princesa de Ébano
Lima tiene una elegancia única, plasmada en los antiguos edificios en el centro de la ciudad; elegancia y glamour de épocas importantes para la nación que vieron pasar a grandes personajes.
Pero detrás de tanta historia memorable existen caras llenas de dolor, pena y hambre. Para nadie es ajeno a la realidad ver rostros desolados al pasar por las calles limeñas, y menos aún por la Plaza Mayor.
Sandra tenía 8 años y provenía de una familia extremadamente precaria, su padre habría abandonado a su embarazada madre alrededor del quinto mes de gestación, era la cuarta hija, la única mujer y la menor. Sus hermanos solo tenían 1 año de diferencia entre sí. Su madre provenía de Chincha, era una joven madre soltera y no tenía familiares en Lima, llegó a la edad de 17 años con su -en ese entonces- enamorado, quien la dejó embarazada de su primer hijo, ella sufría de depresión causada por la fuga continua del amor en su vida, el padre de Sandra era el 3er hombre que la dejaba embarazada, y al igual que los anteriores, la abandonó.
Sandra fue enviada al colegio inicial con ayuda de una amiga de su madre, luego para iniciar el colegio primaria, su madre pidió la extrema ayuda de su amiga, quien la apoyó los dos primeros grados y este año sólo asistió al colegio una semana, ya que por ayudar a la familia, su madre la enviaba a vender Frunas como sus demás hermanos.
La pequeña, era delgada, y, aunque era víctima de desnutrición leve se mantenía sana, su piel era oscura, brillante y fina como el ébano, ella era una niña soñadora, sonriente, alegre, cada mañana que el sol salía se despertaba con grandes sonrisas, le encantaba escuchar las historias que su hermano mayor le contaba, Alberto, tenía 11 años y aún recordaba algunos cuentos que aprendió en la escuela. La música negra corría por sangre de Sandra, a veces se paraba en la Plaza San Martín con Alberto a ofrecer un show a los peatones, ella bailaba mientras Alberto con ayuda de un viejo cajón encontrado a orillas del río Rímac entonaba el alegre "Mi Compadre Nicolás".
La familia de Sandra pasaba grandes necesidades y carencias, pero los niños hacían de su paupérrimo mundo un lugar alegre y lleno de esperanza; la madre, aunque no era muy atenta, se desvivía para poder darles de comer aunque sea un pedazo de pan, y los niños por su parte, con sus juegos y risas lograban obtener algunas monedas.
Los días en la ciudad eran cada vez más duros, la familia era nómada, a veces pasaban la noche a orillas del Rímac tapados con plásticos y cartones que encontraban, otras noches dormían en calles aledañas al centro de Lima, lugares de los cuales la Policía no los sacaría a empujones, triste vida en la calle, expuestos al frío, al peligro por parte de ladrones inescrupulosos, borrachos deseosos de saciar sus bajos instintos, y a un sinfín de alternativas…
Estaban un día los chicos en el Puente Trujillo - lugar muy transitado-, vendiendo Frunas, cuando la policía realizó una de las famosas “Batidas”, el cuerpo policial empezó a agredir a muchos vendedores ambulantes, limosneros, y sin dudarlo, contra Sandra y su familia; los niños sabían qué hacer en este caso, sabían que debían escabullirse lo más rápido posible en cualquier lugar para que no se los lleven o peor, los agredan. El punto de reunión de todos estaba ubicado en las orillas del río Rímac detrás de una roca inmensa.
La policía armó gran alboroto esa noche de Marzo, muchos humildes vendedores perdieron lo único que tenían para vivir, sus golosinas, prendas baratas, juguetes de origen oriental, etc.; otros, fueron llevados en los carros patrulleros como ladrones. Los chicos escaparon del ajetreo, ninguno veía a sus hermanos; Sandra estaba algo asustada, a pesar de su edad sabía que lo que sucedía no era bueno, y que estaban peligro, ella nunca había visto alguna trifulca tan agresiva, buscaba con la mirada alguno de sus hermanos, pero no divisó alguno. Sus hermanos eran muy listos para huir, Gino y Dayan eran hijos del segundo compromiso de la mamá de Sandra, eran muy unidos, siempre hacían trabajos y travesuras juntos, nunca uno sin el otro. Gino y Dayan no estaban a la vista de Sandra, pero ella sabía que estaban seguros, Alberto no era la excepción, no lo veía, y se sentía sola, una niña sin casa ni madre o hermanos parada en la oscuridad de la noche, sin saber bien en donde estaba, con hambre y sed, cansada.
Caminaba por una calle con poca iluminación, empezó a sentir miedo, miró al cielo, la luna llena la hacía sentir mejor, caminó un par de cuadras más y divisó el río Rímac, recordó el punto de reunión familiar y una sonrisa brotó de su morena y dulce cara; se las ingenió para caminar por las calles sin ser vista por algún policía ni miembro del Serenazgo.
Al llegar a la orilla, logró notar a la distancia y oscuridad alguien moviéndose detrás de la roca. Una silueta de alguien pequeño, podía ser alguno de sus hermanos, no lo sabía, sintió miedo, cuando se acercó a la gran roca, una voz gritó su nombre: “Sandra! Negrita! Ven rápido!”, y la pequeña estalló de emoción al escuchar la voz de Alberto, al llegar lo abrazó fuerte, como si no lo viera desde hace años, y él también. Luego del fuerte y cálido abrazo Sandra se percató que su hermano está solo, fue entonces cuando preguntó: “¿Dónde están los demás?... ¿y mami?”, y Alberto, quien se había escondido en una tienda cercana con ayuda del dueño, contó: “Me metí a una tienda y me escondí detrás del mostrador, vi a los policías llevarse a patadas a varios, los jaloneaban y pegaban gritándoles, en eso…” -la voz de Alberto frenó-. “¿Qué pasó?”, dijo la pequeña Sandra con expresión de susto en el rostro, y Alberto dijo: “…vi que levantaron a mamá gritándole y la metieron al patrullero, creyeron que era prostituta”, la lágrimas más inocentes y puras del universo son las de un niño, son las lágrimas que lamentas toda una vida el haberlos provocado, pues ellos, criaturas tan puras que no conocen de maldad, tienen la dulzura de la luz divina, y esa noche Sandra lloró…
Pasó largo rato hasta que la diminuta negrita calmara su llanto, su hermano, tratando de tranquilizarla le decía que cuando su mamá salga de la cárcel irían juntos a ver una película al cine; la pequeña había escuchado del cine, y le causaba mucha curiosidad, la única película que había visto, fue cuando estaban vendiendo Frunas ella y Alberto, frente a una tienda del centro de Lima que vendía DVD piratas.
Pasaron algunas horas y los niños tenían hambre, y al ver que sus hermanos no llegaban fueron a buscarlos. Caminaron largo rato antes de encontrar a sus hermanos viendo un show de “Cómicos Ambulantes” en la conocida alameda “Chabuca Granda”, al encontrarles, les dijeron que debían buscar comida todos.
Limosneando y mendigando lograron comer esa noche 2 trozos de anticucho, media papa y una manzana acaramelada de postre, la sonrisa del cuarteto moreno era grande aunque su madre no estuviera con ellos por un momento. Luego de cenar, anduvieron caminando por las calles y vieron en la TV de una tienda los avances de una película de piratas y tesoros, en ella aparecían barcos, una princesa con un muy bonito vestido, una moneda muy brillante y peleas de acción con impresionantes tomas y efectos, Sandrita quedó impresionada. Esa noche le pidió a Alberto que le cuente una historia como la que habían visto en la TV, y su hermano se las ingenió para complacer a su hermanita en su deseo, le contó una historia muy bonita y la negrita tan dulce quedó con una sonrisa que denotaba sus dientes tan blancos como el marfil, era innegable el don que Alberto tenía para contar historias.
Pasaron los días, el frío invierno capitalino empezaba a asentarse, los niños empezaban a sentir la pegada del clima y la falta de hogar, Sandra había perdido las esperanzas de encontrar a su madre, ya no sonreía mucho, estaba triste al igual que sus hermanos, muy de vez en cuando se animaban a cantar para conseguir monedas, y la morenita no quería bailar.
Un día estaban caminando por la Av. Tacna cuando un hombre robusto, se apiadó de las criaturas viendo sus arapos y suciedad, los invitó a comer, este señor era un cura, que al ver la necesidad inmensa del cuarteto decidió ayudarlos, los niños estaban algo desnutridos, ya hacía mucho que no comían algo decente, y al presentarse la comida sus grandes ojos brillaron como la estrella más flamante del firmamento, los ojitos de Sandra estaban llenos de agradecimiento. El cura les empezó a preguntar sobre sus padres, su casa, sus estudios y a cada respuesta el cura se sorprendía un poco más. Al cabo de unas horas, el cura bendijo a los niños y les invitó a ir con él a la iglesia, ahí podían quedarse y mantenerse juntos sin peligros, Alberto desconfió del gesto y se negó con firme voz, el cura insistió pero ante las negativas de Alberto nada pudo hacer, se retiró pensando en los niños, y en especial Sandra, la “Princesa de ébano” como la llamó, la dulzura de Sandra hacía que cualquier ser con corazón voltee a darle una mano.
Pasaron los días y la situación no mejoraba, los niños se habían separado, Dayan y Gino habían salido a buscar dinero un día y no volvieron más, Sandra y Alberto no tenían a nadie más que a sí mismos; ¿se pueden imaginar el temor que un niño puede sentir en esta situación? ¿La desolación frente al mundo amenazador que siente un desamparado? Los niños necesitaban cuidados y cariño que no tenían.
Ya era el mes de Mayo, una fría noche que estaban hambrientos, Alberto pedía algunas monedas en el puente Trujillo, con frecuencia iban a este lugar con la esperanza de reencontrarse con su madre, Sandra estaba enferma, tosía sin parar, el frío de Lima había lastimado su pequeño y débil cuerpecito, ella estaba sentada detrás de Alberto tapada con una frazadita que les habían regalado noches atrás, Sandra empezaba a alucinar, su enfermedad había avanzado rápido, y no era para menos con la precaria alimentación que tenían, sin el calor de una cama para pasar la noche, y todo el día recibiendo el viento y frío de la ciudad.
Sandra se puso de pie sin que su hermano se diera cuenta, dio algunos pasos al borde del puente junto a los barandales, creía ver algo brillante frente a ella, sus diminutos pies avanzaban con pasos débiles hacia la ilusión, cuando vio mas cerca el objeto brillando lo cogió, era una moneda nueva de un sol, las de la nueva edición que tenían grabado el Inti, brillaba bajo la luz de un farol y le recordaba a la película de piratas que había visto antes, la tomó y Alberto se percató de su accionar, fue corriendo hacia ella y la cogió por la espalda, la envolvió en la frazada que había dejado caer pasos atrás y la abrigó. Sandra conservó la moneda y no la soltó para nada, aquella noche durmieron bajo un frondoso helecho de un parque, Sandra repetía miles de veces: “Mi tesoro, mi moneda pirata, la encontré! Mira hermano soy una princesa! La encontré!” y Alberto llorando le decía: “Sí negrita, eres la Princesita de Ébano”.
Sandrita había contraído la más letal y común de las enfermedades para los pobres, Tuberculosis, las situaciones en que se vio envuelta la hicieron contraer este mal, era triste verla retorcerse en las noches de malestar, se veía demacrada, la negrita no estaba bien y su hermano lo notó, así que una noche decidió llevarla a una posta aunque tuviera miedo de perderla, se le ocurrió a Alberto que llevando a Sandra a la posta los podían apartar llevándose a cada uno a diferentes lugares y separarse, pero la decisión estaba hecha, era la salud de la princesita.
Aquella noche, fue la más fría y cruel de las noches limeñas, el frío se estableció y se hizo sentir en todo Lima. Dormían los niños una vez más en un parque desconocido, cuando a horas de la madrugada la princesita se levantó sin ser sentida por Alberto, caminó unos pasos con su moneda en mano, estaba lloviznando, Sandrita descalza hubiese sentido el frío si hubiese estado sana, pero ya sus pies no sentía la helada temperatura del suelo, en eso, paró, se quedó mirando su moneda con gran ilusión en medio de la llovizna, siendo iluminada por un viejo poste de luz naranja y no hizo más que desvanecerse al suelo, cayó y nadie en el desolado parque la pudo ayudar, Alberto estaba temblando de frío y no se percató que Sandrita pasaba a ser una de esas estrellas pequeñas pero brillantes en el firmamento.
La Princesa de Ébano falleció esa noche víctima del infortunio de la vida, de las malas jugadas del destino, del hambre y enfermedad que en este momento pueden estar pasando otros en la calle.
Alberto nada pudo hacer a la mañana siguiente más que llorar al ver a su única familia abandonarlo en ese parque en un frío día de invierno en Lima, la ciudad de los reyes ciegos.
Pero detrás de tanta historia memorable existen caras llenas de dolor, pena y hambre. Para nadie es ajeno a la realidad ver rostros desolados al pasar por las calles limeñas, y menos aún por la Plaza Mayor.
Sandra tenía 8 años y provenía de una familia extremadamente precaria, su padre habría abandonado a su embarazada madre alrededor del quinto mes de gestación, era la cuarta hija, la única mujer y la menor. Sus hermanos solo tenían 1 año de diferencia entre sí. Su madre provenía de Chincha, era una joven madre soltera y no tenía familiares en Lima, llegó a la edad de 17 años con su -en ese entonces- enamorado, quien la dejó embarazada de su primer hijo, ella sufría de depresión causada por la fuga continua del amor en su vida, el padre de Sandra era el 3er hombre que la dejaba embarazada, y al igual que los anteriores, la abandonó.
Sandra fue enviada al colegio inicial con ayuda de una amiga de su madre, luego para iniciar el colegio primaria, su madre pidió la extrema ayuda de su amiga, quien la apoyó los dos primeros grados y este año sólo asistió al colegio una semana, ya que por ayudar a la familia, su madre la enviaba a vender Frunas como sus demás hermanos.
La pequeña, era delgada, y, aunque era víctima de desnutrición leve se mantenía sana, su piel era oscura, brillante y fina como el ébano, ella era una niña soñadora, sonriente, alegre, cada mañana que el sol salía se despertaba con grandes sonrisas, le encantaba escuchar las historias que su hermano mayor le contaba, Alberto, tenía 11 años y aún recordaba algunos cuentos que aprendió en la escuela. La música negra corría por sangre de Sandra, a veces se paraba en la Plaza San Martín con Alberto a ofrecer un show a los peatones, ella bailaba mientras Alberto con ayuda de un viejo cajón encontrado a orillas del río Rímac entonaba el alegre "Mi Compadre Nicolás".
La familia de Sandra pasaba grandes necesidades y carencias, pero los niños hacían de su paupérrimo mundo un lugar alegre y lleno de esperanza; la madre, aunque no era muy atenta, se desvivía para poder darles de comer aunque sea un pedazo de pan, y los niños por su parte, con sus juegos y risas lograban obtener algunas monedas.
Los días en la ciudad eran cada vez más duros, la familia era nómada, a veces pasaban la noche a orillas del Rímac tapados con plásticos y cartones que encontraban, otras noches dormían en calles aledañas al centro de Lima, lugares de los cuales la Policía no los sacaría a empujones, triste vida en la calle, expuestos al frío, al peligro por parte de ladrones inescrupulosos, borrachos deseosos de saciar sus bajos instintos, y a un sinfín de alternativas…
Estaban un día los chicos en el Puente Trujillo - lugar muy transitado-, vendiendo Frunas, cuando la policía realizó una de las famosas “Batidas”, el cuerpo policial empezó a agredir a muchos vendedores ambulantes, limosneros, y sin dudarlo, contra Sandra y su familia; los niños sabían qué hacer en este caso, sabían que debían escabullirse lo más rápido posible en cualquier lugar para que no se los lleven o peor, los agredan. El punto de reunión de todos estaba ubicado en las orillas del río Rímac detrás de una roca inmensa.
La policía armó gran alboroto esa noche de Marzo, muchos humildes vendedores perdieron lo único que tenían para vivir, sus golosinas, prendas baratas, juguetes de origen oriental, etc.; otros, fueron llevados en los carros patrulleros como ladrones. Los chicos escaparon del ajetreo, ninguno veía a sus hermanos; Sandra estaba algo asustada, a pesar de su edad sabía que lo que sucedía no era bueno, y que estaban peligro, ella nunca había visto alguna trifulca tan agresiva, buscaba con la mirada alguno de sus hermanos, pero no divisó alguno. Sus hermanos eran muy listos para huir, Gino y Dayan eran hijos del segundo compromiso de la mamá de Sandra, eran muy unidos, siempre hacían trabajos y travesuras juntos, nunca uno sin el otro. Gino y Dayan no estaban a la vista de Sandra, pero ella sabía que estaban seguros, Alberto no era la excepción, no lo veía, y se sentía sola, una niña sin casa ni madre o hermanos parada en la oscuridad de la noche, sin saber bien en donde estaba, con hambre y sed, cansada.
Caminaba por una calle con poca iluminación, empezó a sentir miedo, miró al cielo, la luna llena la hacía sentir mejor, caminó un par de cuadras más y divisó el río Rímac, recordó el punto de reunión familiar y una sonrisa brotó de su morena y dulce cara; se las ingenió para caminar por las calles sin ser vista por algún policía ni miembro del Serenazgo.
Al llegar a la orilla, logró notar a la distancia y oscuridad alguien moviéndose detrás de la roca. Una silueta de alguien pequeño, podía ser alguno de sus hermanos, no lo sabía, sintió miedo, cuando se acercó a la gran roca, una voz gritó su nombre: “Sandra! Negrita! Ven rápido!”, y la pequeña estalló de emoción al escuchar la voz de Alberto, al llegar lo abrazó fuerte, como si no lo viera desde hace años, y él también. Luego del fuerte y cálido abrazo Sandra se percató que su hermano está solo, fue entonces cuando preguntó: “¿Dónde están los demás?... ¿y mami?”, y Alberto, quien se había escondido en una tienda cercana con ayuda del dueño, contó: “Me metí a una tienda y me escondí detrás del mostrador, vi a los policías llevarse a patadas a varios, los jaloneaban y pegaban gritándoles, en eso…” -la voz de Alberto frenó-. “¿Qué pasó?”, dijo la pequeña Sandra con expresión de susto en el rostro, y Alberto dijo: “…vi que levantaron a mamá gritándole y la metieron al patrullero, creyeron que era prostituta”, la lágrimas más inocentes y puras del universo son las de un niño, son las lágrimas que lamentas toda una vida el haberlos provocado, pues ellos, criaturas tan puras que no conocen de maldad, tienen la dulzura de la luz divina, y esa noche Sandra lloró…
Pasó largo rato hasta que la diminuta negrita calmara su llanto, su hermano, tratando de tranquilizarla le decía que cuando su mamá salga de la cárcel irían juntos a ver una película al cine; la pequeña había escuchado del cine, y le causaba mucha curiosidad, la única película que había visto, fue cuando estaban vendiendo Frunas ella y Alberto, frente a una tienda del centro de Lima que vendía DVD piratas.
Pasaron algunas horas y los niños tenían hambre, y al ver que sus hermanos no llegaban fueron a buscarlos. Caminaron largo rato antes de encontrar a sus hermanos viendo un show de “Cómicos Ambulantes” en la conocida alameda “Chabuca Granda”, al encontrarles, les dijeron que debían buscar comida todos.
Limosneando y mendigando lograron comer esa noche 2 trozos de anticucho, media papa y una manzana acaramelada de postre, la sonrisa del cuarteto moreno era grande aunque su madre no estuviera con ellos por un momento. Luego de cenar, anduvieron caminando por las calles y vieron en la TV de una tienda los avances de una película de piratas y tesoros, en ella aparecían barcos, una princesa con un muy bonito vestido, una moneda muy brillante y peleas de acción con impresionantes tomas y efectos, Sandrita quedó impresionada. Esa noche le pidió a Alberto que le cuente una historia como la que habían visto en la TV, y su hermano se las ingenió para complacer a su hermanita en su deseo, le contó una historia muy bonita y la negrita tan dulce quedó con una sonrisa que denotaba sus dientes tan blancos como el marfil, era innegable el don que Alberto tenía para contar historias.
Pasaron los días, el frío invierno capitalino empezaba a asentarse, los niños empezaban a sentir la pegada del clima y la falta de hogar, Sandra había perdido las esperanzas de encontrar a su madre, ya no sonreía mucho, estaba triste al igual que sus hermanos, muy de vez en cuando se animaban a cantar para conseguir monedas, y la morenita no quería bailar.
Un día estaban caminando por la Av. Tacna cuando un hombre robusto, se apiadó de las criaturas viendo sus arapos y suciedad, los invitó a comer, este señor era un cura, que al ver la necesidad inmensa del cuarteto decidió ayudarlos, los niños estaban algo desnutridos, ya hacía mucho que no comían algo decente, y al presentarse la comida sus grandes ojos brillaron como la estrella más flamante del firmamento, los ojitos de Sandra estaban llenos de agradecimiento. El cura les empezó a preguntar sobre sus padres, su casa, sus estudios y a cada respuesta el cura se sorprendía un poco más. Al cabo de unas horas, el cura bendijo a los niños y les invitó a ir con él a la iglesia, ahí podían quedarse y mantenerse juntos sin peligros, Alberto desconfió del gesto y se negó con firme voz, el cura insistió pero ante las negativas de Alberto nada pudo hacer, se retiró pensando en los niños, y en especial Sandra, la “Princesa de ébano” como la llamó, la dulzura de Sandra hacía que cualquier ser con corazón voltee a darle una mano.
Pasaron los días y la situación no mejoraba, los niños se habían separado, Dayan y Gino habían salido a buscar dinero un día y no volvieron más, Sandra y Alberto no tenían a nadie más que a sí mismos; ¿se pueden imaginar el temor que un niño puede sentir en esta situación? ¿La desolación frente al mundo amenazador que siente un desamparado? Los niños necesitaban cuidados y cariño que no tenían.
Ya era el mes de Mayo, una fría noche que estaban hambrientos, Alberto pedía algunas monedas en el puente Trujillo, con frecuencia iban a este lugar con la esperanza de reencontrarse con su madre, Sandra estaba enferma, tosía sin parar, el frío de Lima había lastimado su pequeño y débil cuerpecito, ella estaba sentada detrás de Alberto tapada con una frazadita que les habían regalado noches atrás, Sandra empezaba a alucinar, su enfermedad había avanzado rápido, y no era para menos con la precaria alimentación que tenían, sin el calor de una cama para pasar la noche, y todo el día recibiendo el viento y frío de la ciudad.
Sandra se puso de pie sin que su hermano se diera cuenta, dio algunos pasos al borde del puente junto a los barandales, creía ver algo brillante frente a ella, sus diminutos pies avanzaban con pasos débiles hacia la ilusión, cuando vio mas cerca el objeto brillando lo cogió, era una moneda nueva de un sol, las de la nueva edición que tenían grabado el Inti, brillaba bajo la luz de un farol y le recordaba a la película de piratas que había visto antes, la tomó y Alberto se percató de su accionar, fue corriendo hacia ella y la cogió por la espalda, la envolvió en la frazada que había dejado caer pasos atrás y la abrigó. Sandra conservó la moneda y no la soltó para nada, aquella noche durmieron bajo un frondoso helecho de un parque, Sandra repetía miles de veces: “Mi tesoro, mi moneda pirata, la encontré! Mira hermano soy una princesa! La encontré!” y Alberto llorando le decía: “Sí negrita, eres la Princesita de Ébano”.
Sandrita había contraído la más letal y común de las enfermedades para los pobres, Tuberculosis, las situaciones en que se vio envuelta la hicieron contraer este mal, era triste verla retorcerse en las noches de malestar, se veía demacrada, la negrita no estaba bien y su hermano lo notó, así que una noche decidió llevarla a una posta aunque tuviera miedo de perderla, se le ocurrió a Alberto que llevando a Sandra a la posta los podían apartar llevándose a cada uno a diferentes lugares y separarse, pero la decisión estaba hecha, era la salud de la princesita.
Aquella noche, fue la más fría y cruel de las noches limeñas, el frío se estableció y se hizo sentir en todo Lima. Dormían los niños una vez más en un parque desconocido, cuando a horas de la madrugada la princesita se levantó sin ser sentida por Alberto, caminó unos pasos con su moneda en mano, estaba lloviznando, Sandrita descalza hubiese sentido el frío si hubiese estado sana, pero ya sus pies no sentía la helada temperatura del suelo, en eso, paró, se quedó mirando su moneda con gran ilusión en medio de la llovizna, siendo iluminada por un viejo poste de luz naranja y no hizo más que desvanecerse al suelo, cayó y nadie en el desolado parque la pudo ayudar, Alberto estaba temblando de frío y no se percató que Sandrita pasaba a ser una de esas estrellas pequeñas pero brillantes en el firmamento.
La Princesa de Ébano falleció esa noche víctima del infortunio de la vida, de las malas jugadas del destino, del hambre y enfermedad que en este momento pueden estar pasando otros en la calle.
Alberto nada pudo hacer a la mañana siguiente más que llorar al ver a su única familia abandonarlo en ese parque en un frío día de invierno en Lima, la ciudad de los reyes ciegos.